Sobre la relación entre interconectividad y vulnerabilidad. Un texto de Florence Jimenez Otto

un texto de Florence Jimenez Otto (traducción de Renata)

Dentro de un contexto social y económico, el neoliberalismo se refiere a un traslado del control de factores económicos del ámbito público al privado. Contrario a políticas gubernamentales de regulación y propiedad pública, el neoliberalismo insiste en que cada individuo se haga responsable de su propia vida en medio de un mercado capitalista. Podríamos suponer, pues, que las narrativas sociales y culturales en torno al neoliberalismo e individualismo son las que han dado pie a la existencia de un supuesto narcisismo —término inflamatorio que usamos para nombrar a una persona arrogante, con sentimientos de superioridad, afán por el control y partícipe de un constante juicio negativo de los otros—. El término nace en la mitología griega, cuando un joven Narciso, al ver su reflejo en el agua, se enamora de sí mismo. A su vez, podría parecer que estamos rodeados por personas que actúan de manera soberbia y egocéntrica, seres en búsqueda de poder, éxito y relevancia social. Por definición, el narcisismo es la búsqueda de la autogratificación a través de la vanidad y la admiración egoísta de nuestra imagen idealizada y nuestras cualidades.

No estamos acostumbrados a pensar en las conductas narcisistas como una expresión del deseo de ser más, mejor y reconocido más allá de un valor utilitario. Es decir, como una estrategia contra el sentimiento de caer en la categoría de “promedio” y el miedo de no tener ni ser suficiente, relevante o digno de amor. Bajo esta óptica, el cinismo, la crítica, la arrogancia y el desapego son caparazones emocionales. Al convertir estos caparazones en armas contra los demás, podría parecer que son mecanismos de defensa efectivos porque nos defienden de nuestras inseguridades y de las personas que demuestran vulnerabilidad y nos incomodan. Como ejemplo, cuando piensas que alguien más es tonto, por dentro estás sugiriendo que tú sí eres inteligente y esto te causa cierto placer. Sin embargo, los caparazones emocionales tienen una desventaja: la incapacidad de enfrentar, tolerar y buscar emociones negativas resulta ser una jaula en sí misma.

Las conexiones humanas son nuestra razón de ser en el mundo, nuestra interconectividad atraviesa el significado de la vida. Brené Brown, investigadora enfocada en los conceptos de vulnerabilidad y vergüenza, afirma que para poder conectar con el otro hay que abrazar nuestra propia vulnerabilidad y darnos la oportunidad de mostrarnos. Esto nos lleva a reconocer quiénes somos y también el hecho de que no es posible predecir el futuro ni la conducta de los demás (a pesar de la incomodidad que pueda causarnos). Reconocer nuestra vulnerabilidad también es acercarnos de una manera más crítica a las narrativas culturales que nos rodean, así como a los patrones inconscientes que influencian nuestra percepción, sistema de creencias y conducta. Sobre todo, hay que reunir el coraje para aceptar que somos seres imperfectos y así luchar por liberar a la persona que queremos ser y realmente somos.

Sumada a una sociedad basada en el individualismo, la crisis actual deja en evidencia que el mito de la independencia y la búsqueda solitaria de libertad personal no puede florecer ni ser sustentable como nos la han planteado. Al crecer, es común que aprendamos un concepto idealizado de independencia y, como seres humanos que pertenecen a grupos, adoptamos esa narrativa como personal. Nos enseñan a contenernos y, especialmente, a evitar apoyarnos emocionalmente en los demás. A través de este tipo de narrativas terminamos por aferrarnos a una idea nociva de la autosuficiencia.

El aislamiento que estamos viviendo a nivel global nos muestra con claridad que la independencia total y la búsqueda individual de la libertad son mitos que no pueden florecer ni sustentarse como nos lo han planteado. Mientras que el sentido de independencia y autosuficiencia puede ser algo valioso, también puede evitar que construyamos conexiones humanas significativas y que encontremos una independencia real. Por su parte, una persona interdependiente reconoce que la vulnerabilidad es algo valioso, sabe que mostrarla a los demás es un acto que requiere coraje, muy a pesar del sentimiento de debilidad que pueda causar. La interdependencia, pues, es algo diferente a la codependencia (esta última se refiere a la necesidad de que los otros nos brinden bienestar y un sentido del ser). La interdependencia como un estado predecesor de la interconectividad implica una armonía con nosotros mismos y nuestras relaciones. Al mismo tiempo, la interdependencia nos conduce a estar presentes y cuidar de las necesidades emocionales de los demás porque reconocemos lo valiosa y significativa que es esta acción.

Hemos aprendido el concepto neoliberal de responsabilidad porque el individualismo nos empuja siempre a buscar más y más. Tanto el neoliberalismo como el individualismo se alimentan de una cultura de la carencia, que promueve la idea de no depender de nadie y afirma que no se puede tener suficiente atención, espacio de expresión, experiencia, dinero, amor o libertad. Este tipo de pensar deriva en comparaciones y juicios destructivos: medimos nuestras vidas, relaciones y profesiones con la vara de las ideas que nos han influenciado y que ni siquiera se alinean con nuestros valores.

El antídoto para la carencia no es el exceso: estos antónimos son sólo dos caras de una moneda. Quizá la restauración que la pandemia puede ofrecernos es reconocer y cultivar lo que ya tenemos, dentro de nosotros y en relación a los demás.

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